Antes de ayer, yo, ya contemplaba la tercia perfecta de las voces interiores; la voz del cuerpo, la voz de la mente, y la voz del espíritu, a lo que yo he llamado: la Trinidad de las Ardillas, como un chiste local para referirme a mis voces internas.
Ayer durante la noche y parte de su madrugada, escuché una voz vieja que re-conocí, tibia y lejana, pero no ajena sino familiar. Al parecer había estado ahí, escuchando la conversación entre mi ego, mi mente y mi consciencia. Al fin había desbloqueado una cuarta voz, la que parecía ser la de la supraconciencia.
Nuestro encuentro empezó con ella hablando con nosotras tres, entablando una conversación fluida; se presentó como la Cons-ciencia Universal. Nos habló acerca de la unidad y del proceso de integración e interiorización del ser; nos explicó que este lleva por camino el autodescubrimiento, que no es más que un re-descubrimiento; aquel que se alcanza mediante la conexión de la información dentro de nuestra mente con los conocimientos universales del Cosmos, es decir, la respuesta a las preguntas existenciales.
Esa misma voz, le pidió a mi Trinidad que contemplara las sensaciones corporales, los pensamientos, y las emociones, —distínguelas—, nos dijo, —¿qué diferencia hay entre una de otra?, ¿en qué son parecidas?, ¿qué sentidos involucras?, ¿acaso solo tienes cinco sentidos?, ¿con qué frecuencia te sorprendes?, ¿celebras tu vida? —...
Por último, aquella voz que al parecer antes ya había escuchado, volvió a decirme que tuviera fe y paciencia, que me alimentase sanamente, en cuerpo, en mente, y en espíritu, que la Madre Tierra proveía, y que todo estaba ahí para quienes querían verlo.
—Cuando llegue esa hora, cuando vuelva a encontrarte, estarás más preparada, preparada para transformar tus conocimientos en experiencia—.
Octubre, 1°, 2022.
Llegado el otoño, el cambio y el amor, llegado el tiempo de crecer y escuchar, de prestar atención y evolucionar, me embarqué en un destino más de mi viaje espiritual.
Nos encontrábamos una buena amiga, yo, y la trinidad de mis ardillas, en un bosque espectacular, con más naturaleza que mano humana de por medio, no se pudo haber escogido, para ese día y ese momento, un mejor lugar.
Yo pensaba, que mi voz corporal siempre había estado en sintonía con su mente y con su espíritu, pero hasta ese día camino a la cascada, entendí que no, que mis piernas tenían miedo de caminar en lugares desconocidos, que el camino que iba descubriendo, por ser algo totalmente nuevo, me causaba miedo, y en forma literal, mi cuerpo titubeaba porque pensaba que no podría llegar a esa cascada.
—Eres lo suficientemente fuerte, tanto o más de lo que parece—, escuché mientras miraba mis piernas temblorosas escalar unas rocas dentro de una cueva que atravesaba de regreso de la cascada.
—Es natural sentir miedo, el miedo te vuelve más fuerte, más audaz, y más inteligente. La naturaleza está aquí para ayudarte a avanzar, así como tú estás aquí para ayudar a los demás a ser conscientes—.
Acto seguido, mis manos encontraron la forma de apoyarse en todas las rocas, como por instinto. Mientras, mi mente se enfocaba en encontrar el camino mediante una metodología usando mi intelecto. Fue como si en mi cerebro se crearan nuevas conexiones que aumentaran mi fuerza motriz brindándome cierto equilibrio.
Y entonces recordé, de un libro que entre febrero y octubre leí, que la persona inteligente utiliza el intelecto como puente para cruzar del instinto a la intuición, un salto cuántico del conocimiento al conocer, de la teoría a la experiencia, y de la pseudo-experiencia a la sabiduría.
Meditamos, y me sentí presente.
Nadé en el agua del río y mi cuerpo aclimató su espíritu.
Ahora puedo entender, ahora quiero entender.
Haciendo de lo efímero, eterno.
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