La Tregua.

Olvida tu orgullo, y yo olvidaré mi rencor. 
Perdonemos juntos en un día y una noche, aquel estío que resultó ser tan destructor. 
Olvidemos las peleas, pero no los besos que le siguieron a las batallas sin ganador, 
olvidemos el mes pasado, pero no el antepasado, 
y entonces ven y arrópame por las horas del día, 
y desnúdame durante toda la noche.  
Aceptemos que ambos anhelamos esta tregua, 
un encuentro fortuito y efímero con capacidad de convertirse en una coincidencia poco breve y nada fugaz. 
Olvídate de olvidarme, al menos el día de hoy y la madrugada de mañana,
recuéstate en mi pecho y olvidemos el daño, 
¡que ya fue hecho! 
Olvídate de olvidarme, y acaricia con tus dedos el recuerdo de mi espalda,
ya después, tú recordarás como olvidarme, y yo volveré a guardar mi pluma en el tintero.

Aceptemos que ambos anhelamos una tregua, 
para mirarnos a los ojos, sin rencor y sin condena.
Aceptemos que nos deseamos una vida, 
de muchas noches con sus días, 
llena de laberintos y enigmas, 
de charadas y paradigmas. 

Olvidémonos de olvidarnos, una noche con su día. 
Para aceptar que la tregua sería; 
una noche contigo, 
despertar por la mañana; 
descubriendo que he dormido,
con tu piel en mi cama.  

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