Crónica de Verano. (Psicoestimulante).

¿Sentiste eso?, mi voz interna le preguntó a mis manos antes de por fin preguntarlo en voz alta. Un espasmo débil e irregular me recorrió por los dedos mientras le acariciaba el cabello, dos caricias más y después, al compás de una respiración más agitada, una escena imperiosa que no solo vivía en mi cabeza sino que estaba pasando, se volvió real y perceptible, y a la velocidad del huracán, le besé los labios, y a pesar de ser dos extraños, rompí súbitamente en un brioso trote que amenazó por convertirse en un exquisito galope, al mismo ritmo rápido; mis mejillas se sonrojaron, y al sentir sus dedos entrando por mi cabello y el tacto de sus manos apretando mi nuca, una sensación agradable me hizo sentir tumultuosamente hermosa e indescriptiblemente atractiva.

Mi mente y mi cuerpo estaban en un viaje distinto, pero ambos eran indudablemente placenteros, y fuera lo que fuera que aquel extraño viera o percibiera; me mantenía completamente fascinada.

Mi mente volvió a preguntarse: ¿sentiste eso?, y mientras una explosión estimulante de electricidad me recorrió por los pechos, le tomé del rostro para sostenerme, tragué saliva y le pedí que se quedara quieto, —¡no te muevas!— le dije, y empecé a sentir que mis labios cada vez eran más gruesos y jugosos, sentí que mis pupilas estaban cada vez más dilatadas, y una deliciosa y cálida sensación de poder me recorrió por todo el cuerpo, —¡espera, no te muevas!— le repetí, mis manos acariciaron sus mejillas, y en un abrir y cerrar de ojos, resaltó frente a mí la imagen de una criatura útil y sosegada que me sostenía por la cadera y me apretaba hacia la suya, no sabía qué pretendía, pero su mirada ardiente y poco ansiosa, me provocó un sabor de inexplicable fascinación.

Podría decir que la crónica de la noche anterior es poco razonable, pero la curiosidad de una pasión infatigable fue el móvil que desembocó en una manifestación realmente extraordinaria.

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