Con veinte y cinco años mundanos, tres septenios terminados, científicamente se ha desarrollado completamente mi cuerpo humano… pero yo sé que de cuando en vez hay nuevos lunares en mi piel, que mi cabello sigue creciendo mes con mes, y mi cuerpo muda de piel aproximadamente una vez al mes.
Ahora sé aceptar qué, hay más conocimiento en el no saber, y que hay muchas formas de vida por conocer. Con el tiempo aprendí que más vale un buen amigo que un buen amante, y que la distancia fortalece una buena amistad, en general fortalece una buena relación, inclusive familiar.
Aprendí que el peso en el bolsillo es solo eso, un peso en un bolsillo sino se hace de él una buena inversión; que si en algo hay que invertir tiempo es en la lectura que abre mundos, puertas, y culturas, que amplía el lenguaje, el léxico, y la lengua, que te enseñan de la vida y que en la vida hay más ficción que en las novelas.
Aprendí que el amor siempre llega cuando y donde menos te lo esperas, que siempre viene de dentro hacía afuera, que es el fin último de nuestra constante evolución, y que inclusive hay amor después del amor.
Aprendí a ser amable conmigo misma y con los demás, que la misma herida en distintos sujetos no invalida la experiencia de nuestros sentimientos, que los procesos son distintos, pero que todos los vivimos.
Aprendí que los vicios, efectivamente si llenan vacíos y que inevitablemente nos vuelven más vacíos.
Aprendí a escuchar más y a hablar menos, a poner atención a los rostros ajenos.
Aprendí a llorar a tiempo, a sonreír a tiempo y a comunicarme a tiempo, ya no postergo más mis sentimientos, ahora mismo puedo decir que disfruto muy bien de los «ahoras«, precisamente ahora puedo decir, que aprendí a tiempo a vivir.
He aprendido, hasta ahora, en abundancia, de la vida y de la muerte, mucho y poco del dolor, ¡que buenos maestros son!, me encuentro en el proceso de entender aquel cielo de las almas que esperan renacer.