Verte Mirarme.

Te miré mirarme, miré a tus ojos, miré el contorno de tu iris con sus pequeños destellos lineales de color café dorado que te adornan la pupila, 
miré la dilatación constante mientras una de tus manos acariciaba mi rodilla.
Te miré mirarme con tal seguridad, que nunca me apartaste la mirada. 
Fui yo, quien aparto el rostro, de manera cabizbaja,
sin que tus ojos perdieran de vista mi escapada.
Hubo una pausa, un intercambio de palabras en nuestra charla; 
—¿Te pones nerviosa cuando te miran?— 
tu pregunta fue acertada, pero aun faltaba más contexto, 
no era tu mirada lo que me impresionaba, sino mirar en tus ojos mi reflejo. 

Mirarte me provoca cierta incertidumbre, 
pero también algo de certeza y de gracia, 
parece ser, que te sorprende lo qué miras, 
y en consecuencia, me miras de la manera adecuada. 

—Algo así...— te respondí de manera semiautomática, 
pues no quería perder aquel momento, 
sin dejar de sentirme presente, 
volví mi rostro frente al tuyo y volví a mirarte, 
era fácil sentir como mis ojos destellaban, 
¡me re-conocí en las puertas de tu alma!, 
re-conocí en ti, la capacidad sorprendente con la cual tus ojos me admiraban. 

Te miré mirarme. 
Y entendí después, qué no me mirabas con la mente, no me razonabas, no me interpretabas, ni me analizabas.
Te miré mirarme. 
Y entendí después, qué me mirabas con consciencia, experimentando lo que soy, integrando en el somos, uniendo las presencias. 
Te miré mirarme. 
Y entendí, qué cuando miras, solo debes de mirar, sin pensamiento, llenos de vaciedad, pues de ahí provee la consciencia su simplicidad. 

Te miré mirarme. 
Y entendí, que nos volveríamos a ver.









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