Andaba oleando en mi profundidad, a punto de bajar mi ancla, mis brazos venían cansados de remar, y fue el viento fluido, quien me trajo hasta tu mar. Busqué un lugar para atracar, y después de confundir unos cuantos lunes con el viernes, y dos de tres domingos con el martes, una tarde a finales de verano, como bienvenida del otoño, encontré tu puerto bucanero. Descansar sobre tu arena, se convirtió en un secreto, entre tú, yo, el pecado y el cielo. Pero el peso de mi ancla no fue suficiente para detenerme de seguir... Y tan rápido terminó el otoño, que de pronto estuvimos en abril. Naufragando en playas sin puerto, estuve el siguiente verano, hasta qué de nuevo, el viento gentil, me hizo regresar a ti. Preparada tenías ya, un ancla para mi barco, pues no querías dejarme ir, y yo ansiaba quedarme, por el resto del año.