El Ancla.

Andaba oleando en mi profundidad,
a punto de bajar mi ancla, 
mis brazos venían cansados de remar, 
y fue el viento fluido, quien me trajo hasta tu mar.  

Busqué un lugar para atracar, 
y después de confundir unos cuantos lunes con el viernes,
y dos de tres domingos con el martes, 
una tarde a finales de verano, 
como bienvenida del otoño,
encontré tu puerto bucanero. 

Descansar sobre tu arena,
se convirtió en un secreto,
entre tú, yo, el pecado y el cielo.
Pero el peso de mi ancla 
no fue suficiente para detenerme de seguir...
Y tan rápido terminó el otoño, 
que de pronto estuvimos en abril.

Naufragando en playas sin puerto,
estuve el siguiente verano, 
hasta qué de nuevo, 
el viento gentil, 
me hizo regresar a ti. 
Preparada tenías ya, 
un ancla para mi barco, 
pues no querías dejarme ir, 
y yo ansiaba quedarme, 
por el resto del año. 







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