Dos amantes pasajeros.

Hubo alguna vez dos amantes,
que por necios decidieron separarse, 
que por ciegos se despidieron sin un beso, 
y por tercos terminaron alejándose.
Hubo alguna vez dos amantes, 
que por azares del destino entrelazaron su cuerpo, 
pagando con creces un alto precio,
destruyéndose así  el corazón.
Hubo alguna vez en ellos un destello de buena intención, 
la de amarse tanto y tan profundo: que cruzaron planetas y cientos de espacios, 
no hubo alguna vez en ellos la mínima intención de romper esa ilusión.
Pero la vida actuó en maneras distintas a las que ambos acordaron, 
separando sus caminos y enterrando su calor. 
En un acto caótico, la palabra empezó a carecer de sentimiento,
y en un acto de necedad se condenaron a caminar caminos ajenos. 
Hubo alguna vez la intención de sanar las heridas, 
pero cuando la vida les cobró factura; 
sus hilos y ataduras se rompieron dejando detrás vicios y dolor, 
destruyendo sus raíces y matando su ilación. 
Hubo alguna vez dos amantes... ¡que por necios, torpes y ciegos, se rompieron el corazón! 
Y es que en ellos nunca hubo esa intención, 
pero su juventud e inmadurez,
tal vez su poca intelección, 
los convirtió en fatalidad y redención.
Hubo alguna vez dos amantes que imploraban al destino convertirse en algo eterno, 
¡pero la vida no cumple caprichos!, 
convirtiéndolos en algo pasajero.
Hubo alguna vez, dos amantes...
Caminando en sentido contrario, 
dejándose en eterno deseo, 
queriendo romper las líneas entre el espacio y el tiempo, 
atados por el mismo canguelo. 
Hubo alguna vez... dos amantes, queriendo dejar de ser solo pasajeros.

 

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