Una charla profunda.

Hablé con mi corazón hoy por la mañana, me dijo que está roto, que tiene un sentimiento nuevo entre cada esquina, que parece como si la rosa se hubiera quedado solo con las espinas.

Me dijo que no me preocupara; que él hablaría con mi cuerpo y con mi alma, que les explicaría que todo va a estar bien, que no debía dejar de comer, aunque perdiera el apetito, y tampoco dejar de reír, aunque no hubiera razones para hacerlo. Me dijo que en estos días tomara baños extras de «Vitamina Sol».

Me dijo que les permitiera a mis ojos sacar todo lo que él sentía, que después vendrían más momentos de alegría. Me dijo, también, que debo aprender a apreciar más la vida y no perderle el respeto a la muerte.

Hablé con mi corazón hoy por la mañana y me dijo que escapar no es una salida, que le permitiera a mis manos y a mis labios, sentir lo que debían. Me dijo que las heridas sanan con tiempo, pero también con voluntad, es un proceso que consiste en dejarse amar (por uno mismo).

Me dijo, tiernamente, que habíamos luchado tanto por no sentir vacíos y desconsuelos, y que después de varios tormentos, habíamos aprendido a restablecernos de la manera adecuada. Así que, mi corazón me dijo, —no hay necesidad de volvernos frías o malas —; me dio por consejo solo ser más precavida y más humana.

Me dijo que cuando llegara la Nostalgia; la abrazara y le diera una taza de té, que probablemente ella vendría con su amiga Soledad, —ábrele mis puertas — me dijo el corazón. —La Soledad es sabia, da espacio y tiempo a hablar con uno mismo: a conocerse — y me preguntó —¿te has puesto a pensar, ¿qué tal vez es un poco de lo que a la sociedad le hace falta?… perder el miedo a quedarse solo —.

Hablé con mi corazón hoy por la mañana, y me di cuenta de cuánto me ha crecido, de cuánto ha aprendido. Me mostró sus enmendaduras y me recordó lo mucho que sufrimos, —¿Recuerdas cuánto te dolía? — preguntó, y señaló todas las heridas que algún día habían estado frescas, entonces, mis manos rozaron mi pecho y unas cuantas lágrimas recorrieron mis mejillas.

¡Jamás había tenido el corazón tan roto rojo!

Hoy, por la mañana, tuve una charla larga, con mi corazón. A mí me hacía falta escucharlo, y a él… comprenderme. Al despedirnos me dijo que lo esencial, ya lo habíamos aprendido… esa virtuosa magia de perdonarse a uno mismo.

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