La humedad en mis labios era obvia, así que terminé la felación y limpié mi boca con los dedos. —¡Cógeme! — le exigí, y lentamente me alcé sobre mis rodillas, y él se acomodó para que me posara sobre su cuerpo. —¡No!, yo quiero estar abajo…— exclamé en forma de reclamo, una sonrisa perspicaz y un brillo que destelló en sus ojos, me dio la pauta para querer devorarle a besos, nos cambiamos de lugar lentamente, y me recosté sobre la cama.

Mientras su cuerpo empezaba a alzarse sobre el mío y a apoderarse de mis piernas, me dijo: —Hace tiempo, conocí a una mujer, quien me dejó en claro que siempre le ha gustado estar arriba, para no perder el control, pues le gusta dominar en la cama…— Guardó silencio y le besé.
Sabía claramente a quien se refería. Me tomó por las piernas y las apretó, se metió dentro de mí: como reclamando su lugar.
Rápidamente una de sus manos sujetó mi cuello, jadeante y con cierta excitación, me susurró al oído: — ¡qué ironía, que ahora este siendo dominada! —.
¡Como si hubiera ganado una batalla!
Debo admitir que aquella cama tenía buen ritmo mientras su boca jadeaba y mis labios gemían, me empezaba a palpitar la vagina. Él debe saber, también, ¡qué bien se veían mis piernas torneadas atadas a sus costillas!
Mi vulva temblaba, mi corazón también; me estaba bailando la vagina.
Fue la luz de la luna la cereza del pastel, una vista espectacular al cielo, y la noche brillando de manera majestuosa, todo derivado de una complicidad misteriosa pactada con el Universo.
Mis brazos se alzaron sobre su espalda acariciando su cabello con la intención de apretarlo a mi cuerpo, y de mis labios salieron dos palabras que le venían bien al sentimiento, —¡te quiero! — murmuré de manera imperceptible, y con esas dos palabras me di por vencida, y ¡por fin!, fui suya…