No funcionas como el resto, no caminas a la sombra de un sol y es por eso qué no eres un simple reloj. Sueles comenzar por abrazarme a tu cuerpo y respirarme en la nuca, tus manecillas suelen ser delicadas al rodar sobre mi piel, marcas un mapa con tus dedos hasta que logras sonrojar mi cuello, eres como un flujo de agua cristalina; una clepsidra perfecta que marca el tiempo a su propio y auténtico ritmo.
En cada fracción de tiempo, provocas en mí, sensaciones de verano a media tarde, de un danzón a ojos cerrados, con un vestido suelto rojo y el cabello alborotado. Provocas en mi piel la emoción de un buen clima del Caribe, un buen trago de licor que al atardecer me desinhibe. Es tu costumbre humedecerme los labios e hinchar mis pupilas, es tu costumbre aumentar el tamaño de mi pecho y hacer querer salir mi corazón.
A diferencia de que dos y dos siempre son cuatro, tu mecanismo interno no camina bajo las reglas de hombre blanco, tú me marcas el camino, pero me tomas de las manos y me pides que lo dibuje contigo. Eres un reloj que corre a lado izquierdo como siguiendo al corazón, una clepsidra perfecta que me incita a perder la razón. Cuando se mezclan tu temperatura y mi humedad, se mueve lentamente mi engranaje a tu fuerza y voluntad. Creamos contracciones rítmicas que nos hacen recorrer las siete leguas al infierno, y entre nosotros existe cierto abuso del placer y una curiosa debilidad excesiva… Sabes cómo estimularme, de manera dulce y constante, orquestas la marea de mi cuerpo; clepsidra perfecta que me marca el tiempo a su propio y auténtico ritmo.
Eres un arquetipo de arte perfecto, una clepsidra pragmática antigua que controla cada uno de sus movimientos con ayuda del agua; y es así como en cada fracción de segundo, hora o minuto, dispones de mis besos y mis piernas torneadas. Experimento contigo; un sentimiento y una sensación, una clepsidra perfecta que me hace perder la razón o, en otras palabras; un clímax perpetuo, que siempre logra relajar mi alma y contraerme el corazón.




