La leyenda del Sol.

Hace tiempo, hubo una contienda por el corazón de la Luna, pero este no sería el único premio para aquel que osara ganarse el humilde e incierto amor de la estrella. Cumplir ciertos requerimientos para iluminar el cielo la Tierra debería, condición para ganar la contienda: reinando los cielos de día, cuidando a la Luna de noche.

A dicho encuentro acudieron 4 soles…

El primer Sol parecía tener una aureola azucarada que cualquiera hubiera querido mordisquear, era atractivo y demasiado luminoso, pero su temperatura no podría haber calentado la Tierra, ni para que el más mínimo rasgo de vida existiera. – Oh, Luna, admira mi brillo, ¡mira qué hermoso soy! – solía exclamar el Sol más de diez veces antes de mediodía, por lo que su gran virtud era también su gran defecto: su vanidad. Todo esto se contraponía a lo sombría y reservada que era la Luna, jamás podrían haber llegado a enamorarse pues el Sol y su ego pronto se convertirían en un agujero negro. No funcionarían.

El segundo Sol era totalmente diferente, había un contraste tremendo contra la Luna y, aunque su atracción era bastante y su química inigualable, no fue suficiente, pues su brillo no alcanzaba a notarse a grandes distancias, por lo que en la Tierra no podía distinguirse el día de la noche. Sus tonalidades eran grises y azuladas, lo que pudo haber sido bueno en un inicio para ambos astros, ya que eran parecidos en aspecto, pero a pesar de ser único en el Universo, la temperatura del segundo Sol se contraponía a su color, ya que podría haber derretido los polos y desaparecido el invierno. No funcionarían.

El tercer Sol, tuvo características más atinadas a alguien que podía ser digno de la corona, pero no de amor. Era valiente y apasionado, pero jamás fue leal, no hubo días constantes y por lo tanto las noches de la Luna sufrieron alteraciones. El tiempo al que estaba acostumbrada a girar la Tierra parecía desordenado. Las diferencias que se presentaban entre el Sol y la Luna se hicieron más notorias cuando su marea se volvió violenta y catastrófica, no había sintonía y jamás la habría. En conclusión; el tercer Sol era trillado y frívolo, y más que ser amado, podría haber sido temido. Tenía todas las características para convertir su reinado en una tiranía. Evidentemente no funcionarían.

El cuarto y último Sol era especial. Se adaptaba a las estaciones, creaba un clima propicio para dar vida, daba calor en clima frío y no quemaba durante el verano, era un Sol que podía ser amado de Norte a Sur, nada parecido, cero común y un poco singular. Durante el primer día que pasó con la Luna: pintó los cielos entre rosa y morado, de tonalidades magenta y un poco de dorado, iridiscente e inefable serían las palabras que etimológicamente se usarían para describir dicho Arte. Este último Sol, no era parecido en casi nada a la Luna, excepto qué ambos tenían un noble corazón.

Antes de que la decisión fuera tomada, hubo algo que cambió a la Luna para siempre. Entre las múltiples y variadas cualidades del Sol; solía ser disciplinado y soñador, por lo cual, en su primera noche, el Sol se quedó a contemplar la Luna y por primera vez en la historia del Universo, la Luna brilló con los colores del Sol. Fue un fenómeno raro e interesante: mirar como aquel astro con luz propia ayudaba a su amada a iluminarse. Fue una noche resplandeciente para la Tierra, y algo qué tal vez, podría funcionar.

– Eres mística e inexplicable, ¿algún día me contarás la historia de tus lunares? – le preguntó el Sol a la Luna cuando por fin salió y ella simplemente respondió…

– Eres el único que ha logrado iluminarme, deberás conformarte con eso por ahora. –

– ¿Cuándo serás completamente mía? – el Sol le respondió, y la Luna se escondió.

A la noche siguiente y con el cuarto Sol presente, la Luna tomó una decisión:

– Te mostraré los secretos del Universo y tú por la noche tendrás que contarme algunos cuentos. Serás dueño de todo lo que tu luz pueda alcanzar y de todo lo que yo pueda ensombrecer. Compartirás conmigo el cielo y daremos vida a la Tierra, seremos un equipo, haremos la paz y no la guerra. De ahora en adelante, te nombro a ti astro vibrante; Rey Sol. –

Y así fue como la Luna, ¡por fin!, entregó su corazón.

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