No volvimos a cruzar caminos y ni siquiera lo planeamos, dejamos que el tiempo hiciera lo suyo y olvidamos.
Olvidamos nuestros labios, olvidamos nuestra fecha de aniversario, el camino a casa y de poco a poco olvidamos nuestro aroma, nuestro rostro y el color de nuestra alma.
No volvimos a cruzar palabras y ni siquiera lo planeamos, dejamos que la vida tomara su curso y perdonamos.
Perdonamos los engaños, las mentiras y los errores, perdonamos las lágrimas y las visitas a otras casas. Perdonamos la ilusión perfecta y genuina que ambos creamos el uno del otro.
No volvimos a vernos, ni a besarnos, y tan inefable fue la penúltima vez que nos encontramos que es el único recuerdo que tengo guardado en el alma.
No volvimos a saber el uno del otro y dejamos fantasmas y zapatos por llenar, huecos y vasos medio llenos.
No volvimos a sentarnos juntos en la misma mesa, ni a dormir juntos en la misma cama, no volvimos a compartir la ducha entera, ni a compartir la misma almohada.
Y en aquella penúltima vez no planeamos que nunca volveríamos, a sentirnos, a vernos y abrazarnos, no planeamos no volver y fue ahí cuando supimos medio mes después que sería la última vez.
No volvimos a vernos. Y yo no quise volver a saber de ti y tú nunca volviste a marcar. Nunca volvimos, y yo deje de ser poeta y tú aceptaste, por ende simplón, que jamás volverías a ser Platón.
No volvimos a hablar y ambos declaramos la paz con un silencio feroz, cerrando nuestros labios y nuestro corazón, sellando así el turbio camino del reencuentro con la distancia y nuestro olvido.
¡No volvimos, jamás volvimos!
Y todas aquellas sensaciones que sentí solo contigo, se quedaron ahí, solo en el limbo. Jamás volví a preguntar por ti y tú jamás volviste a pensar en mí, solo quedo la huella eterna de nostalgia al ver la luna creciente, menguante, nueva o llena.
No volvimos y fue sin planearlo, no hubo despedida, no hubo un adiós melancólico, ninguna herida se abrió, ninguno de nosotros lo planeó.

No volvimos a vernos, ni a cruzar caminos, no regresamos a lo acogedores que eran nuestros brazos. Y fue justo ahí, con el tiempo separando nuestras vidas, que me fui sanando de ti, ¡mi vida!, y no supe si fue casualidad o destino, o si acaso un accidente fortuito, pero todo aquello que sentí contigo jamás regresó y nosotros jamás volvimos.